Buscar este blog

domingo, 27 de mayo de 2018

Historia del Derecho Romano.- Monarquía

Aún no existe una opinión común sobre la prehistoria italiana, pero lo más aceptado es que varias oleadas migratorias de arios llegaron desde el año 2,000 a.C. y se instalaron en la región mediterránea. Se trataba de un pueblo de pastores, enérgico, inquieto, con familia patriarcal, que tenía por costumbre incinerar a sus muertos.

Encontraron en los países de la cuenca mediterránea una cultura preindoeuropea, bastante desarrollada, con rasgos no muy homogéneos, en España, Italia y Grecia y al norte de África. Esta cultura era sedentaria y agrícola, el hecho de que enterraran a sus muertos ayudó a los arqueólogos a distinguirlos de la influencia aria. Entre los mediterráneos y los arios se estableció una coexistencia que llegó a cierto grado de fusión. Los arios que penetraron en Italia, quienes en su mayoría eran umbrios, quienes expulsaron hacia en noroeste de Italia y al sur de Francia a los autóctonos (ligueres). Otro de los grupos de invasión eran los ilirios que se establecieron en la costa oriental de la península y un tercer grupo se estableció en la llanura del Lacio, en la parte central de la costa occidental, era el de los latinos.

A finales del segundo milenio antes de Cristo, cuando el Mediterráneo comienza a conocer el hierro, Italia sufro otra invasión, por parte de un pueblo procedente de Asia Menor, puesto en movimiento por las invasiones dóricas; los etruscos, pueblo no indoeuropeo, de piratas y magos, ingenieros y artistas, amigos de todos los placeres de la vida, cuya lengua sigue siendo un enigma. Se establecieron en la toscana. Al sur de ellos, una ramificación de los umbrios, los latinos, fundaron varias aldeas pequeñas, agrupadas en una confederación bajo la hegemonía de Alba Longa, una alianza se formó entre unas aldeas "de las siete montañas", quizá en parte latina y en parte sabina; esto pasó probablemente con el fin de defenderse contra los etruscos y posiblemente fue el inicio de Roma. Desde el siglo VIII a.C. comienza en el sur de Italia la colonización griega, separada de la zona de los latinos por el pueblo de los samnitas. Una coalición entre los etruscos y Cartago no logró detener su influencia influencia en Italia donde lograron establecer el alfabeto, adoptado luego por los etruscos y llevados por estos hacia Roma. Los griegos solo formaban entre sus ciudadanos una débil red de alianzas. Así el Lacio, de unos 2,000 km2, pobre y pantanoso pero con la ventaja del Tíber y buena situación para el comercio, pudo desarrollarse entre dos grandes culturas: la etrusca al norte, y la griega al sur. Esta posición, junto con ventajas indiscutibles, traía consigo también determinados peligros; los etruscos.

Por otra parte, los historiadores romanos de la época de la transición de la república al imperio tuvieron buen cuidado en ligar los orígenes de Roma con las más bellas tradiciones griegas, haciendo de roma, a través de Alba Longa, la heredera de Troya. Eneas había huido de las ruinas humeantes de Troya y finalmente se estableció en Italia casandose con una princesa del Lacio. El hijo e Eneas fundó Alba longa y posteriormente uno de sus descendientes, Amulio, destronó a su hermano Numitor, matando a sus hijos y condenando a su hija como sacerdotiza de Vesta a virginidad perpetua. Por fortuna intervino el dios Marte y así la sacerdotiza dió a luz unos gemelos, que fueron abandonados en el Tíber por orden de su receloso tío. Una loba los ciudó y fueron educados por un pastor. A causa de rivalidades con los jóvenes de Alba Longa, los condujeron ante el rey y se descubrió la verdad. La población de Alba Longa se unió a los gemelos para destronar al usurpador y reponer a Numitor en el trono. Luego, Rómulo y Remo se retiraron para fundar su propia ciudad, Roma. Según los autores romanos, esta fundación ocurrió el 21 de abril de 753 a.C, cuando aventureros de distintas razas se unieron para establecer los cimientos de la nueva ciudad, bajo la dirección de los dos hermanos. algún tiempo después, mediante el fratricidio, llegó Rómulo a ser el primer monarca de Roma, atrayendo a los hombres hacia su ciudad mediante un generoso derecho de asilo, y a las mujeres mediante el rapto de las sabinas.
  • La Monarquía
Según la leyenda, este primer rey crea y organiza la propiedad y la idea de Rómulo y Remo sugiere el origen dual de Roma entre latinos y sabinos. El segundo, Numa Pompilo (un sabino) da a Roma su religión, fruto de sus pláticas nocturnas con una bella ninfa. El Tercero, Tulio Hostilio, un enérgico militar, crea las normas de la guerra. El cuarto, Anco Marcio, es el último rey pre-etruco en esta serie legendaria. Luego viene la conquista de Roma por los etruscos; el primer rey etrusco Tarquino el Antiguo. Su sicesor, Servio tulio, agrupa a los ciudadanos en centurias, para fines militares y cívicos, según una tradición muy inverosímil (actualmente se prefiere ligar esta reorganización a la derrota de Roma por los galos en el 390 a.C.). Y finalmente Tarquino el Soberbio, quien provoca el descontento del que nace la República en 510 o 509 a.C.

La dominación etrusca fue benéfica para la cultura romana: para sus obras de desagüe y cloacas, sus edificios y sus puentes, los romanos aprendieron mucho de la superior ingeniería etrusca. Sin embargo, en 510 a.C., cuando el poderío etruco ya esta en decadencia, los romanos aprovechan el escándalo referente a Lucrecia para expulsar al rey Tarquino el soberbio. Según la tradición, con este acontecimiento comienza la república.
  • Las Instituciones Públicas bajo la Monarquía

1.- El rey no era designado por su nacimiento, sino que era elegido por la representación popular, los comicios; más tarde cada uno elegía a su sucesor. En ambos casos se necesitaba la aprobación del senado, esto introdujo un toque republicano a la monarquía romana. No obstante, la función monárquica era vitalicia, por lo que el término no es incorrecto. 

2.- Junto al rey estaba el senado compuesto por venerables ancianos (sens), ellos eran designados por trescientos grupos de familias (gentes); por lo que al principio parece que hubo un número aproximado de 300 senadores; este era un elemento oligárquico y gerontocrático. 

3.- El tercer factor de la estructura política romana son los comicios, la asamblea de los ciudadanos, no todos los ciudadanos tenían la misma influencia sobre las decisiones colectivas, sino que previamente se repartía la población en 30 curias, compuesta cada una por 10 gentes. La mayoría de las curias determina el resultado de la votación, de manera que los miembros de curias poco numerosas tenían más influencia que las curias más nutridas. La función original de los comicios por curia fue elegir al rey a propuesta de algún miembro del senado, el interrex. El recuerdo de esta función sobrevive, en tiempos históricos, en el hecho de que los comitia curiata tenía que otorgar el imperium, o sea, el poder discrecional a los magistrados superiores mediante una Lex curiata de imperio. 
En época posterior, siguieron coexistiendo los comicios por curia (colaboraban en la formación de leyes y en la elección de funcionarios públicos) y para la votación de otros asuntos como aprobación de testamento y adrogaciones y elección de rey los comicios por centuria (en los últimos, mediante un censo llevado a cabo cada cinco años la población se repartía, de acuerdo a su riqueza, en 193 grupos o centurias y cada uno de ellos recibía un voto. Los más ricos o "caballeros" recibían en total 18 centurias, el resto de la población se dividía en cinco clases de las cuales la primera contaba con 80 centurias, lo cual hacía que los más ricos determinaban las decisiones y estos comicios tenía un carácter plutocrático.
Sin embargo, por el hecho de atribuir a cada clase una cantidad igual de centurias de iuniores (hasta 45 años) y de seniores (mayores de 45 años), los ciudadanos de más edad tenían más influencia política individualmente que los jóvenes. Esto añadía un rasgo gerontocrático al carácter plutocrático de los comicios. Es verdad que este fue suavizado cuando, entre 241 y 218 a.C., cada clase recibe 70 centurias; pero los caballeros conservan su privilegio de las 18 centurias extraordinarias; y sólo 40 de las 368 centurias correspondían a la ciudad de Roma, de manera que los grandes terratenientes de fuera de Roma predominaban de todos modos. El resultado corresponde, imperfectamente, al ideal griego de isegoría con isonomía. En la elaboración de las leyes no hay igualdad (isegoría), ya que allí el hombre de más fortuna, de más responsabilidad, de mayor edad, tiene también más influencia. Sin embargo, en su aplicación todos reciben el mismo trato (isonomía), ya que los privilegios no deben tomarse en cuenta como disponen las XII Tablas.

Para la expedición de una ley se necesitaba la colaboración de los tres factores: el rey propone, los comicios aprobaban y el senado ratificaba, el contenido de las leyes poco tenían que ver con el derecho privado, se refería principalmente a asuntos administrativos, militares y de política exterior. El derecho privado pertenecía a otros órganos como son la familia y la gens. La antigua Roma podía considerarse como una confederación de gentes; y cada gens, a su vez, como una confederación de domus, es decir, de familias. La inmadurez de la organización estatal, daba a la familia, en lugar del Estado un lugar que posteriormente no pudo reivindicar.

En cada domus existía un paterfamilias, monarca doméstico que ejerce un gran poder sobre sus hijos, nietos, esposa, nueras, esclavos y clientes. Dicho poder incluía el derecho sobre la vida y la muerte sobre hijos y nietos y no disminuyó por la influencia del Estado, el cuál se detenía a la puerta de la domus. Él era el único propietario, también sacerdote y juez doméstico.

En cuanto a los clientes, eran ciudadanos romanos de segunda clase (de familias empobrecidas o quizá originalmente extranjeros) que se subordinaban a alguna domus aristocrática, prestándole servicio y recibiendo a cambio apoyo económico, recomendaciones, ayuda a recibir justicia por los órganos correspondientes, etc.  Era una especie de vasallaje y se cree que la palabra gens significa "el que escucha" o "el que debe obedecer".

Cada familia tenía su propia religión y los dioses eran sus antepasados. Las familias formaban gentes basándose en supuestos orígenes comunes y aduciendo no pocas veces su descendencia de dioses o héroes. Dichas gentes poseían un alto grado de independencia. Por su cuenta podían incluso declarar la guerra. Practicaban una religión propia, se gobernaban por su propia organización, tenían sus propias fiestas, un patrimonio independiente y sus propias normas de derecho privado, además ejercían funciones de vigilancia moral, con el objeto de suavizar el poder del paterfamilias.

Por su parte la religión de la ciudad era politeísta, llena de formalismo y cargada de astucias y trucos o actos ficticios que, aplicados con moderación, pudiendo ser de utilidad en el campo jurídico. Una especial tarea de los sacerdotes consistía en la elaboración y conservación de formulas procesales y en dar consultas a litigantes. El terreno más exclusivo de los sacerdotes es el fas, o sea, la conducta no impedida por tabúes religioso. Lo nefas queda bajo control de los sacerdotes cuando el ius se les escapa por la secularización del derecho. Poco a poco el censor extiende su control hacia el nefas y se incorporal al derecho penal, mientras que algunas normas del fas caen en desuso.

No se sabe a ciencia cierta a que se debía la diferencia entre patricios y plebeyos, ya que entre los últimos se encontraban personas muy acaudaladas; la prohibición de matrimonio entre ellos hace pensar un diferente origen étnico. Aún viviendo en Roma, los plebeyos no podían participar en la vida política de los patricios o en sus actos religiosos. Dentro de las mismas murallas vivían dos pueblos que colaboraban en la economía local, pero estaban separados en los demás aspectos de la vida. Los plebeyos tenían sus propias autoridades (ediles plebeyos y más tarde tribunos) y asambleas populares (comitia plebis divididos en tribus), que tomaban decisiones llamadas plebiscitos, y su propia religión. 

Resultado de imagen para fundacion de roma

Kashindan: los ejércitos japoneses de la era Sengoku (1467-1600)

El emperador, sin recursos frente a estos poderosos señores, otorgó amplios poderes militares, policiales y fiscales al triunfador, designándolo sogûn. Es en este momento cuando aparecen  los célebres bushis o samurais. De hecho la palabra samurai significa literalmente "aquel que sirve" y no eran ni más ni menos que hombres hábiles en el uso de armas a los que los gokenin o grandes señores premiaban con tierras a cambio de la obligación de servirles como soldados en caso de guerra. Así, gracias a estos regalos, los samurais se convierten en pequeños terratenientes y, al estar en esas tierras sus principal fuentes de ingresos, pasaron a formar parte de la pequeña aristocracia local. Como a veces el gran señor le pedía que sirviera acompañado de un pequeño grupo de combatientes, para cumplir con su obligación el samurai a su vez otorgaba parte de sus tierras a otros seguidores para que le sirvieran a él. En un proceso muy similar al subenfeudamiento de Europa.

  • La caballería samurai
Aunque también existieron samurai que lucharon a pie, los grandes señores esperaban que combatieran como arqueros a caballo. De hecho, los samurai decían de si mismos que eran seguidores del "camino del arco y la flecha". Eran unos luchadores que combatían de forma individual, o como mucho en pequeños grupos de 40 o 50 efectivos, y se dedicaban a asaetear a sus oponentes. Por ello, en contra de la leyenda popular, los samurai al principio rehuían al choque, y sólo se acercaban a su enemigo cuando este había sido descabalgado, para matarlo con su espada, o cuando algún incauto se había quedado separado del grupo, momento en que lo acosaban hasta la muerte. Sus caballos eran fuertes pero pequeños, más parecidos a un pony que a un caballo de guerra europeo, con una alzada de apenas 1.30-1.40 metros, por lo tanto eran más apropiados para disparar sobre ellos que para cargar sobre un enemigo, a la europea. En la actualidad se han hecho pruebas con los caballos de este tipo llevando unos 90 kg de peso (repartidos entre el jinete, armadura y silla)y difícilmente podían superar los 9 km/h. Así, en batalla, los samurai solían desplazarse al trote, con momentos puntuales de medio golpe en los que el arquero lanzaban sus saetas, ya que este ritmo, a pesar de ser más rápido que el trote, era sin embargo menos brusco y permitía apuntar mejor. El galope pleno sólo se usaba en situaciones desesperadas, como para huir de un enemigo.

Estas afirmaciones se encuentran se encuentran corroboradas por los informes de batalla presentados por los samurais a los señores para recibir una recompensa. En ellos se suele recoger la actuación que tuvo el samurai y su grupo de seguidores, y las bajas y tipos de heridas recibidas. Así, los informes fechados en el siglo XIV nos encontramos con un 73% de las heridas sufridas por los jinetes eran debido a proyectiles, en un 25% causados por espadas, y solo un 2% por lanzas. Sin embargo, las heridas de fecha raramente eran mortales (poco más de un 20% de estos flechazos causaban la muerte a las monturas), mientras que las producidas por espadas producían la muerte en más de un 50% de los casos. Sin embargo, el rol del samurai como un escaramuzador arquero y oportunista empezó a cambiar, aunque nunca del todo, con la irrupción masiva de la infantería en la guerra de Onin en 1467.
  • La infanteria: los lanceros y arqueros Ashigaru
La Guerra Onin fue un conflicto entre dos grupos de varias familias de grandes señores para determinar quien sería el nuevo sogûn. El emperador se limitó a esperar a ver quién sería el vencedor mientras se dedicaba a la poesía ya construir su Paballón de Plata en un Kioto arrasado por la guerra. Como ninguno de los bandos en lucha quiso abandonar la capital imperial para no perder el apoyo del emperador, la guerra se libró durante 10 años en un entorno urbano, para lo que la caballería no estaba cualificada, ya que los edificios y las ruinas impedían el progreso de los jinetes y facilitaba que arqueros a pie se escondieran como francotiradores y acribillaran a sus enemigos. La ciudad se llenó de trincheras y de reductos y adoptó un aspecto muy parecido al del frente occidental de la Primera  Guerra Mundial. Para proteger estas defensas, los grandes señores empezaron a llamar no solo a los samurais, cuyo número era insuficiente, sino también a sus propios campesinos para llenar de soldados esos extensos atrincheramientos. Así hacía su aparición el infante o ashigaru.

Como los ahigaru al principio no tenían ningún tipo de entrenamiento en combate individual, apenas sabían manejar un arco y tenían la tendencia de agruparse para protegerse bajo un bosque de lanzas, arma más fácil de manejar, algunos comandantes más avispados empezaron a entrenarlos no como guerreros individuales, sino como luchadores colectivos, moviéndose dentro de una formación para atacar y protegerse mutuamente. Fue la aparición de estas tácticas para formación masiva la que revolucionó el arte de la guerra e, indirectamente, el rol del samurai. Aunque la infantería ya no existía con anterioridad, tenía un carácter minoritario en algunos ejércitos compuestos por algunos cientos de jinetes. Ahora los ejércitos empezaban a agrupar algunos millares de hombres, en su mayoría lanceros. El primer encuentro bien documentado entre los lanceros ashigaru y la elitista caballería samurai se produjo cerca del templo Shokokuji, en Kioto a finales de 1467. En él, en una artificial realizada para posibilitar el uso de la caballería en algunas partes de la ciudad, unos 600 jinetes rokkaku (10 veces más según las crónicas, pero su número puede calcularse a partir de las bajas) fueron barridos por una falange de 2,000 lanceros bajo Hatakeyama Masanaga, que ensartaron a 67 samurais enemigos en los encuentros.

En efecto, los informes de batalla encontrados entre 1467 y 1600 nos dice que las provocadas por lanzas pasaron a respetar el 80% de toda clase de heridas recibidas por los soldados, frente a un mero 2% del periodo anterior, por loq ue se intuye que el lancero pasó a ser el rey del campo de batalla. Era un soldado eficaz, barato y fácil de equipar, y cuando se comprendió la eficacia de las formaciones de piqueros masivas, sus lanzas pasaron de ser de 1.5 m de largo a 5.5. m, llegando las unidades de Oda Nobunaga a cotar con armas de hasta 8.2 m de largo. Con ello, los comandantes comenzaron a comprender el papel que desempeñaban las grandes formaciones de tropas, y en ocasiones empezaron a formar también a sus jinetes en escuadrones y a equiparles con lanzas, como lo demuestra el incremento de bajas en caballos producidas por espadas en esta época, que indica que el samurai empezaba a cargar contra formaciones enemigas en lugar de acosarlos a flechazos.
  • El arcabucero Ashigaru
El arcabuz hizo su aparición en Japón de 1543 a través de los portugueses, y pronto los japoneses crearon su propio taller para fabricarlos. La principal ventaja del arcabuz frente a los arcos era que resultaba más fácil entrenar a un buen tirador que a un buen arquero, ya que esto requería no solo pericia y puntería sino una gran fuerza física para tensar el arco. Por otro lado, su alcance teórico era el doble que el de las flechas, unos 1,000 m, aunque era difícil acertar a más de 100 m. Además, sus heridas eran más graves que las de las flechas, pudiendo producirla de forma más eficaz a 50 m, es decir, 3 o 4 veces más lejos de los arqueros, y atravesar una armadura a 30 m, el doble de distancia que un arco.

Sin embargo, se ha hablado demasiado sobre la importancia del arcabuz en la era Sengoku y su expansión, sin duda motivada por las exageraciones de los cronistas y el cine. La victoria del primer unificador de Japón, Oda Nobunaga, en Nagashino en 1575 sobre los Takeda se suele presentar como un triunfo definitivo del arma de fuego en la guerra, ya que de ella se dice que Nobunaga juntó 3,000 arcabuceros. Tal cifra proviene de la crónica Shincho koki, pero se han encontrado versiones anteriores que hablan de tan solo 1,000 tiradores, una cifra interesante pero insuficiente para detener a a 15,000 hombres de los Takeda. Por otro lado, la afirmación relativa a que estos soldados formaban un grupo de 3 filas en las que unas iban disparando mientras las otras cargaban para ofrecer así una barrera de fuego continua también cuestionada, ya que estas formaciones requerían un entrenamiento intensivo mediante unidades estables que no podía llevarse a cabo con las heterogéneas fuerzas de la época, formada por contingentes de diferentes grupos de señores. 
  • Tamaño y composición de los ejércitos
Conocer el número de soldados que podía reclutar cada señor o daimio de la era Sengoku es fundamentalmente para entender porque algunos de ellos sobrevivieron y otros fueron aniquilados, y así poder analizar correctamente sus relaciones de fuerza y sus dilemas estratégicos. Para ello, siempre es preferible partir de documentos administrativos (como convocatorias de soldados u hojas de paga) que confiar en las crónicas, realizadas con los limitados medios de la época y, por tanto, muy meritorias pero plagadas de rumores y medias verdades. Una fuerte indirecta aunque excepcional y poco utilizada es conocer el valor de las posesiones controladas por los daimios, ya que las obligaciones del servicio militar se regulaban en función del peso económico de dichas posesiones. Al principio dicha valoración se realizaba en monedas de cobre o kan, pero ante el deterioro del sistema monetario por las continuas guerras empezó a realizarse en especie, en arroz. Así las tierras eran valoradas en koku, siendo un koku unos 180 litros, suficiente para alimentar a un hombre durante un año. Cada gran señor tenía sus propias normas, pero a partir del segundo unificador, Toyotomi Hideyoshi (hacia 1590-1600), el sistema se fue homogeneizando en todo Japón, de modo que para un daimio que tuviera 10,000 koku en propiedades se exigía el servicio de 152 soldados, agrupando 20 jinetes, 50 arqueros, 50 lanceros y 25 arcabuceros. Finalmente el sistema fue totalmente impuesto en 1649 tras el triunfo del tercer y último unificador, Tokugawa Ieyasu, que pasó a exigir 135 hombres por esa cantidad de koku, aunque de ellos un 63% pasaron a ser porteadores, es decir, no combatientes. El sistema kokudaka de reclutamiento en uso de tiempos de Hideyoshies un indicador en general muy fiable de las tropas que como máximo podía reclutar cada daimio.

Los Uesugi lograron sobrevivir todas las guerras y, a pesar de contar con unos recursos bastante limitados, pudieron mantener a raya a los poderosos Takeda hasta su destrucción. Según un registro de tropas de 1559 los Uesugi sólo podían juntar 6,871 hombres, cifra que es fiable ya que es similar a la estimación de tropas que se hace en función de la valoración de sus tierras en 1578; unos 550,000 koku,es decir, al rededor de 8,000 soldados. Solo en 1600, en su máximo poderío, con 1,2 millones de koku sus ejércitos podían sumar unos 18,000 hombres. Por tanto, las afirmaciones de las crónicas que hablan hasta de 18,000 hombres en Kawanakajima (1561), deben ser desechadas por exageradas. A partir de este registro de 1559, parece probable que su composición fuera un 9% de caballería, siendo el resto infantería, en su mayoría lanceros, con solo un 5% de arcabuceros.

Los grandes rivales de los Uesugi eran los Takeda que ocupaban una serie de llanuras que constituían el mejor criadero de caballos japoneses. De hecho, su caballería era la más magnifica y famosa de la época, llegando a 9,121 jinetes según un registro familiar de 1559. No obstante, a pesar de su poderío  (según este mismo registro podían equipar hasta 33,736 hombres), fueron aniquilados por Oda Nobunaga. De hecho, que ni siquiera pudieran imponerse a los más débiles Uesugi, con los que libraron hasta 5 batallas indecisas en Kawanakajima. Una explicación que puede darse es que tenían que destinar la mitad de sus tropas a vigilar a sus vecinos, los también hostiles Hôjô, pero a pesar de ellos tadavía contaban con una superioridad de más de 2 a 1 frente a los Uesugi. En todo caso, hay un dato clarificador que no ha sido advertido hasta la fecha: cada jinete Takeda contaba con 2 acompañantes, definidos como "seguidores". Tradicionalmente se les consideró como combatientes, pero en el registro no se les llama ni samurais ni ashigaru. Por tanto, probablemente no eran más que pajes y porteadoresque vigilaban el equipo del señor mientras este luchaba, le ayudaban a armarse y le servían antes de la lucha, pero no llegaban a combatir. Los servidores representaban ni más ni menos que 18,242 hombres, de modo que la potencia de combate real de los Takeda, si eliminamos a los servidores y además quitamos la mitad de los soldados para vigilar a los Hôjô, era solo ligeramente superior a la de los Uesugi, unos 7,500 combativos efectivos, lo que explicaría su incapacidad para derrotarlos. La composición de sus ejércitos puede estimarse en un 27% de jinetes, un 13% de lanceros, un 6% de arqueros y arcabuceros y un 54% de no combatientes.

Los Hôjô lograron aguantar hasta 1590 gracias a su excelente administración y gran cantidad de recursos. Aunque no tuvieron comandantes destacados en el campo de batalla, su sistema se basaba en proteger su territorio con gran número de fortalezas, lo que les hizo prácticamente inconquistables hasta la invasión masiva de Hideyoshi, con todo el Japón bajo su mando. Turnbull evalúa sus efectivos potenciales como un 55,133 hombres a partir de las compañías de soldados o shu que debían aportar vasallos. Sin embargo a través de los mismos registros Conlan que podrían equipar a unos 20,000 soldados en 1559, fueron valoradas en 2,5 millones de koku, ello implicaría unos 37,500 hombres en servicio para esta fecha, en su máximo apogeo, de los que la mitad o más estarían destinados a funciones de guarniciones. Su composición podría ser un 20% de jinetes, 6% de arcabuceros, 2.5% de arqueros, y un 71.5% de lanceros y portaestandartes.

Los Mori, ubicados en el extremo occidental de la isla de Honshu, tenían tierras por valor de 1,205,000 koku hacia 1600, lo que implicaría unos 14-18,000 hombres en función de si aplicaron su más liviano sistema de reclutamiento tradicional (126 soldados cada 10,000 koku) o incorporaron el más exigente de Hideyoshi. Por tanto nada que ver con los 30-36,000 hombres que las propias crónicas de Mori dicen que los enviaron a la expedición de Corea de 1592 o que fueron reclutados en 1600. Como solo la mitad de ellos lucharon en Sekigahara , probablemente sólo hubo 7,500 Mori en este choque, en lugar de 15,000 repetidamente citados . Su composición era menos de 1% de caballería, un 40% de piqueros, otro tanto de arqueros, y casi un 20% de arcabuceros. 

Respecto de Sekigahara, Tokugawa es citado también con dos ejércitos que sumarían 66,000 hombres, pero sus efectivos reales serían de unos 37,000 hombres aproximadamente, ya que sus posesiones pasaron a ser las de los Hôjô en 1590. De ellos solo 18,000 lucharían en Sekigahara, esto es, uno de los dos ejércitos. De hecho, a través de estos datos sobre Tokugawa, los de los Mori y los de otros líderes como los Ukita, los Kobayakawa, Asano, etc. parece que los ejércitos principales de cada bando que luchó en Sekigahara en 1600 sería más bien de unos 40,000 hombres cada uno (en lugar de los 80-88,000 defendidos hasta la fecha), cifras más razonables y que coinciden con los de los mayores ejércitos formados en Alemania la casi coetánea Guerra de los Treinta Años.

En cuanto a Oda Nobunaga, podemos realizar una estimación de sus fuerzas teniendo en cuenta que hacia 1577 controlaban unas trece provincias de Japón. Cada provincia producía unos 300,000 koku de media aunque algunas, como las de Kanto llegaban a 400,000 y otras, como las del occidente, a solo 200,000 koku. Por tanto, Oda tendría unos 3,9 millones de koku bajo su control lo que implicaría unos 58,000 soldados bajo su mando, sin contar a Tokugawa, que con dos provincias dominadas en aquella época le podría aportar unos 9,000 más. Sin embargo, era imposible controlar en el siglo XVI a una masa tan grande de hombres, y sus territorios eran demasiado extensos como para poder contar con un solo ejército, de modo que sus hombres se dividían hasta en 4-5 ejércitos distintos, el principal bajo Nobunaga, con quizá 20,000 hombres, y los restantes bajo sus subordinados Hideyoshi, Akechi, Shibata o Nobukatsu (el hermano de Oda), de unos 10,000 hombres cada uno.

Los Los Imagawa aniquilados por Nobunaga en 1560, controlaban dos provincias, de modo que podrían contar con el equivalente a unos 600,000 koku, o sea unos 9,000 hombres en lugar de los 20-40,000 citados por las crónicas. Otros daimios menores, como los Rokkaku o los Azai, se repartían la riquísima provincia de Omi, pudiendo por tanto contar con unos 3,000 hombres cada uno. Por ello no es de extrañar que Nobunaga los destruyera a todos, ya que en aquella época (principios de la década de 1570) contaría con unas tres provincias (unos 13,500 hombres) y otros dos de su aliado Tokugawa.

De los Shimazu, finalmente, ubicados al sur de Kyushu, para la expedición de Corea en 1592, convocaron 15,097 hombres para servir en ella, y sin embargo según la crónica Mori, únicamente equiparon 10,000 hombres. Según los registros familiares se sabe que sólo llegaron a marchar 4,200 combatientes. Para Turnbull la diferencia hasta los 10,000 de la crónica de Mori eran los dos combatientes, aunque quizá fueran los menos, ya que sabemos que los Shimazu, en 1600, tenían tierras por solo 550.000 koku, de modo que es probable que no pudieran equipar a más de 8,000 hombres. El dato que establece que para el sitio de Minamata, en 1581, juntaron 115,000 hombres tiene que ser, por tanto, totalmente desechados ya que podría tratarse de un registro defectuoso. Con tal ejército los Shimazu hubieran podrido rechazar fácilmente la invasión de Hideyoshi acontecida poco después. La composición de sus ejércitos podría ser un 14% de jinetes, un 36% de arcabuceros e igual porcentaje de arqueros, siendo el resto lanceros y portaestandartes. 
  • Las bajas en batalla
Si hemos de creer a los cronistas, las batallas campales eran terriblemente sangrientas, con la práctica eliminación del ejército derrotado. Sin embargo, los contemporáneos, escribiendo muchas veces a partir de rumores y sin acceso a estadísticas, confundían la frecuente dispersión del ejército vencido con su número de bajas era mucho menor que en las guerras modernas, donde la potencia de fuego ha hecho verdaderamente estragos. Takeda shingen, tras su derrota en Kawanakajima en 1561, una batalla especialmente sangrienta, reconoció haber perdido 3,000 hombres, es decir, un 20-25% de su ejército. En los informes redactados de batalla redactados en el siglo XIV se listan las acciones de 8,634 individuos, de los que 8.3% fallecieron o sufrieron heridas. Estas cifras representan las bajas producidas a lo largo de un siglo, tanto por largos choques como por escaramuzas o asedios, de modo que aunque deben incrementarse un poco al hablar de batallas campales, nos dan una idea de su magnitud. Por otro lado, a ellas deberían añadirse el número de prisioneros tomados por el ejército vencedor. Estas cifras para todo el siglo son coherentes con las encontradas para la batalla de Kioto del 30 de junio de 1336. Así, de todos los registros encontrados para este choque se deduce que de los participantes de ambos bandos un 11% fue hecho prisionero y un 17% murió o fue herido. De un desglose de este dato se puede deducir que, en una batalla campal, el vencedor tenía al rededor de 10% de bajas y el perdedor de 20-25% entre muertos heridos y prisioneros

Resultado de imagen para ejercitos japoneses de la era sengoku

sábado, 12 de mayo de 2018

El Japón del Siglo XVI.- La era de un país en guerra

Hacia mediados del siglo XV, el poder del gobierno Muromachi había ido debilitándose poco a poco, situación que degenero en un clima de gran agitación en torno al asunto de la sucesión al trono de la familia del sogûn. Unido a esto, dos señores feudales, Hosakawa Katsumoto (1430-1473) intervinieron en la propagación de esta agitación. Fue en este contexto dónde se fraguó la rebelión de Ônin, que estalló en 1467 cuando diversos señores feudales se enfrentaron dividiéndose en dos clanes rivales: el clan de Hosokawa y el clan de Yamana. Kioto, campo de batalla, fue arrasado por la guerra. Esta rebelión fue sofocada gracias a un tratado firmado por ambos bandos en 1477, pero la guerra se extendió en diversos lugares de Japón, llevando al país a una situación caótica y dando a este periodo el nombre de Gekokuiyô, la edad de las armas, la palabra Gekokuiyô refleja como los inferiores vencieron a los superiores por medio de las armas.


  • El surgimiento de los señores feudales
Tras la rebelión de Ônin, los señores feudales conocidos como Sengoku Daimyô (castellanizado como daimio), fueron estableciéndose en diversos lugares de Japón. Algunos de estos señores feudales eran descendientes de antiguas familias que se remontaban incluso a la Edad Antigua, como el clan de Takeda de la provincia de Kai, el Imagawa de Suruga, el Rokkaku de Ômi, el Ôtomo de Bungo o el Shimzu de Satsuma. Sin embargo la mayoría de ellos eran nuevos señores feudales que llegaron a ascender por las armas al puesto de gobernadores locales, matando a los antiguos señores.

Los Sengoku Daimyô establecieron sus nuevas bases políticas, instaurando un sistema de gobierno de características autóctonas y originales: organizaron a sus propios vasallos, reformaron el sistema territorial, y establecieron un gobierno directo sobre los agricultores. Hay que destacar que, a partir de principios del siglo XVI estos Sengoku Daimyô llegaron a amasar un gran poder. A partir de la segunda mitad del siglo XVI, los antiguos linajes feudales comenzaron a extinguirse, favoreciendo el surgimiento de nuevos Sengoku Daimyô, como el clan Uesugi de la provincia de Echigo, el Saitî de Mino, el Oda de Owari, el Azakura de Echizen, el Asai de Ômi, el Môri de Aki, el Chôsokabe de Tosa o el Ryûzôji de Hizen, que se convirtieron en nuevos linajes de señores feudales. Dispersos por todo el territorio de Japón, estos nuevos linajes desarrollan sus propias políticas territoriales y alianzas entre ellos, mientras que otras veces se enfrentaban y guerreaban unos contra otros.

  • Vasallos y sistema territorial
La organización de los distintos grupos vasallos variaba enormemente en función del Sengoku Daimyô. Básicamente la clasificación de vasallos era del siguiente modo: los vasallos cercanos (Ikke-shû o Ichimon-shû), los vasallos antiguos (Fundai), los nuevos vasallos y los vasallos cercanos (Kuni-shû o Tokoku-shû) y los vasallos inferiores (Ochûkan-shû o Okomono-shû). Entre ellos, los que más poder tenían eran los vasallos antiguos. Al margen de los tipos anteriormente citados, existían otro tipo de vasallos, llamados Yorioya, que sirvieron de organización militar a los poderosos señores locales y a los samurai nativos de su tierra (Yoriko). En tiempos de guerra, los Sengoku Daimyô reclutaron temporalmente incluso a los agricultore provenientes de sus posesiones.

Dentro de los vasallo, se obligó a vivir a los más importantes en la ciudad del castillo de su señor feudal. Sin embargo, en los primero tiempos, esta política era difícil de llevar a cabo de manera eficiente, porque muchos de estos vasallos tenían sus tierras en lugares diferentes y debían dedicarse a la administración de la agricultura local. Los territorios de estos se habían configurado a través de concesiones de tierras a gran escala por parte de sus señores feudales, a las que fueron añadiéndose poco a poco otros territorios. En pago por estas donaciones, los vasallos se comprometían a ofrecer sus servicios militares y el pago de tributos (Tansen, Munabetsusen) a sus señores feudales. El control directo de los vasallos por parte de los señores a través de sus concesión de tierras se convirtió, pues, en una característica muy importante en el periodo de los Sengoku Daimyô.

  • El sistema tributario y la administración de las tierras
La fuerza militar de los Sengoku Daimyô dependía del cumplimiento del servicio militar obligatorio por parte de sus vasallos. En muchos casos, dicho servicio militar se decidió según la cantidad de tributos que cada vasallo pagaba (Kandaka). Así se reguló el número de soldados que cada vasallo tenía que reclutar y la cantidad de armas que debía preparar en función de esos Kandaka. Los Sengoku Daimyô calculaban la cantidad de Kandaka que necesitaban recaudar para administrar los territorios de sus vasallos, hecho que convirtió a estos tributos en un elemento importantísimo para el desarrollo de las políticas de los Sengoku Daimyô.

Para administrar este sistema, los Sengoku Daimyô debían investigar las posesiones y las tierras de los vasallos. Aunque no todos los Sengoku Daimyô realizaron estos catastros, muchos sí los pusieron en marcha, como el clan de Gohôjyô, el de Imagawa, el de Takeda y el de Môri, entre otros. En épocas posteriores, el futuro unificador de Japón, Toyotomi Hideypshi, realizaría estas pesquisas enviando a sus oficiales a cada una de las tierras de sus vasallos. sin embargo, lo normal era que los vasallos informaran directamente sobre la situación de sus tierras a sus señores feudales.

  • El control de los territorios
Para desarrollar las administración de los territorios y aumentar sus fuerzas, los Sengoku Daimyô tenía que reforzar no solamente su fuerza militar, sino también su poder económico. Para ello establecieron diversas políticas.

En primer lugar, desarrollaron una política agrícola para aumentar la productividad de sus cultivos mediante la explotación intensiva de nuevas tierras, la renovación de los sistemas de irrigación y la realización de diversas obras de ingeniería para la regulación de los cursos fluviales. Gracias a estas mejoras, aumentaron enormemente tanto la extensión de los campos de arroz como su productividad. Además, para conseguir aumentar el número de agricultores, ordenaron volver a todos aquellos que previamente habían sido expulsado de sus campos por no pagar tributos.

En segundo lugar los Sengoku Daimyô intentaron poner en explotación las minas de oro y plata, ya que necesitaban fondos para las armas y los alimentos de los soldados. Así, se abrieron minas en diversos sitios de Japón, llegando incluso a enfrentarse clanes rivales par ala consecución del control sobre dichas minas, como en el caso de los clanes Ôuchi, de Amago y de Môri, que lucharon furiosamente para conseguir la mina de plata de Iwami.

En tercer lugar, los Sengoku Daimyô intentaron proteger y controlar los comerciantes y artesanos, muchos de los cuales fueron invitados a establecerse en las ciudades de los Sengoku Daimyô. Se les concedió permiso de libre compraventa y se prohibió el establecimiento de monopolios. En los territorios de estos señores se fueron configurando diversos mercados locales, basados en ferias periódicas. Algunos comerciantes de estas ciudades, bajo la autorización de los Sengoku Daimyô, controlaron al resto de los comerciantes normales en la ciudad del castillo y en los demás territorios de los señores feudales. Estos comerciantes especiales se encargaron de conseguir las armas necesarias para las guerras de sus señores. Gracias a todas estas medidas la economía de los Sengoku Daimyô no era tan cerrada como en épocas anteriores. En cuanto a las medidas militares y económicas, hay que destacar que los Sengoku Daimyô llegaron a administrar directamente sus propias ciudades y puertos. Además, organizaron abundantes hospedajes y abolieron muchos peajes antiguos para desarrollar la res de comunicaciones.

  • Legislación
Para desarrollar sus políticas, los Sengoku Daimyô legislaron sus propios códigos territoriales, llamados Bunkoku-hô o Sengoku-Kahô. Los códigos más conocidos eran Sagarashi-hatto (código del clan Sagara), el Ôuchishi-okitegaki (del clan Ôuchi), el Imagawa Kanamokuroku (del clan Imagawa), el Jinkaisyû (del clan Date), el Kôshûhatto no shidai (del clan Rokkaku), entre otros. salvo escasas excepciones, los nuevos códigos establecidos por los Sengoku Daimyô eran originales.

Para confeccionar estos, los Sengoku Daimyô debían ser conscientes de su propio poder público, lo cuál es una característica propia de este período. Los contenidos de los códigos eran muy amplios. Los puntos más importantes era el control de los agricultores y de los vasallos, por lo que se legislaba sobre cuestiones como la sucesión familiar, el casamiento, la prohibición de poseer tierras por parte de los sumarais o las disputas entre estos duramente castigadas. Así, los Sengoku Daimyô consiguieron controlar con mano firme a sus vasallos.

Resultado de imagen para Sengoku Daimyô

domingo, 6 de mayo de 2018

La Armadura Samurai

Las armaduras samurai estaban compuestas principalmente por piezas de metal de diferentes formas y tamaños entrelazadas con cordones de seda. También se empleaban otros materiales como el cuero, la madera o el papel mache (usado para hacer las crestas que ordenaban los cascos.

Su aspecto es muy diferente al de las armaduras occidentales, principalmente porque los japoneses lacaban todas las piezas para protegerlas de la humedad. Cuatro colores de laca eran los más  utilizados: el negro -que se encuentra en cerca del 90% de los ejemplares- el marrón, el rojo y el dorado. En ocasiones, se utilizaban piezas lacadas en diferentes colores para la misma armadura.

  • Mempo es una pieza de metal simulando los rasgos de la cara, muy exagerados, servia de protección facial. Podía estar adornada con bigotes, barbas o incluso simular los dientes. Junto a estas líneas, máscara de hierro a la que se ha añadido un yodare-kake para protegerle el cuello.
  • Kabuto es el casco de los samurai, el cual se componía de una parte semiesférica compuesta de varias piezas de metal y un ala llamada shikoro, también compuesta de un número variable de piezas que protegía la nuca y los laterales de la cabeza. A finales del siglo XVI se pusieron de moda los cascos de formas fabulosas y con adornos de cuernos, penachos, plumas, etc.
  • Sashimono es la bandera sujeta a la espalda de la armadura, la cuál servía para identificar al individuo. Podía ser de tela o formada por un objeto tridimensional. La de tela podía llevar pintado el MON (emblema heráldico) del clan al que pertenecía el guerrero como su blasón personal.
  • Sode son láminas de metal entrelazadas con cordones de seda y servían como protección para los hombros.
  • Do es el peto que cubre el torso, compuesto por piezas metálicas que podían ser horizontales, verticales, lisas, grabadas, en forma de escamas, superpuestas, etc., según el estilo de la armadura. 
  • Kote son mangas de tejido fuerte (forrado) recubierta con malla y pequeñas piezas de metal protegen el antebrazo y el dorso de la mano. La malla japonesa es similar a la europea, compuesta por varios anillos metálicos entrelazados, pero en Japón siempre iba a una base de tejido y no suelta como en occidente.
  • Haidate son dos piezas de cuero o de tejido fuerte recubiertas de placas de metal o mallas que protegían los muslos.
  • Suneate son grebas compuestas por piezas de metal articuladas que protegían la parte delantera de la pantorrilla.
  • Kusazuri son un número variable de piezas de igual construcción que las sode protegían la cintura a modo de faldones.


A lithograph plate showing Samurai warriors in a variety of different costumes, early 19th century Japan, 1888, by Albert Racinet (1825-1893).

martes, 1 de mayo de 2018

PRIMERA CRUZADA: EL SITIO DE ANTIOQUÍA




Después de tomar Nicea hacia el año 1097, los cruzados se dirigieron hacia su siguiente objetivo: Antioquía. Esta ciudad no era solamente una de las mayores ciudades del Imperio, era prácticamente la entrada a Siria y Tierra Santa. Aunado a esto, para los cruzados, Antioquía era la sede de San Pedro, la primera gran ciudad que adoptó el Cristianismo, y la segunda en orden de importancia sólo detrás de Jerusalén. 

Los problemas internos de sus enemigos les fueron favorables a los cruzados. Éstos se lanzaron por tierra, mientras que la flota bizantina lo hizo por mar, desde sus bases de Constantinopla y Chipre, se hicieron del control de los puestos costeros necesarios. 

A pesar de las numerosas bajas que los cruzados sufrieron en su paso por Anatolia, se logró poner sitio a Antioquía con una fuerza de aproximadamente 45 mil elementos, más la correspondiente masa de civiles y religiosos. Ante ellos se erguían las imponentes murallas de la ciudad, reforzadas por Justiniano siglos atrás, coronadas por más de cien torres y seis puertas. Era la ciudad más grande que los cruzados llegarían a ver (con excepción de Constantinopla) con una extensión de 9 mil hectáreas y una alcazaba interior. 



Por su parte Yaghi Siyan, gobernador de Antioquía, es alabado por las fuentes árabes por su preparación, determinación, astucia, y comportamiento, incluso para con los cristianos locales. Es relevante saber que Antioquía contaba con una importante población de armenios cristianos y de griegos ortodoxos, así que Yaghi decidió expulsar a todos los varones de esos dos grupos, permitiendo que los niños y las mujeres se quedaran en la ciudad. Los autores árabes vieron aquella acción como una muestra de generosidad pero también de astucia, ya que con ello se evitaba una revuelta interna. Además de ésto, se evitaría que los varones expulsados formaran parte de la fuerza cruzada por temor a represalias en contra de su familia, además que con la importante baja de población había menos bocas que alimentar. 



Hacia el 20 de octubre de 1097 los cruzados plantaron sus tiendas alrededor de Antioquía. Al ejército cruzado se le presentaban dos métodos para tomar la ciudad: Un asalto directo o en su defecto un sitio cercano, similar al realizado en Nicea. El problema es que al inicio los cruzados no contaban ni con la fuerza suficiente ni con los materiales necesarios para realizar un ataque directo; por otro lado hacia febrero de 1098 aún no cotaban ni con los materiales ni con los expertos necesarios para realizar un asedio. Además de dichos problemas, los recursos necesarios para mantener a una masa de personas de tal envergadura (60 mil, contando los añadidos durante el camino, y los civiles) eran enormes, aproximadamente 90 mil kg de grano diario. Los barcos podían hacerlo, pero aún quedaban los 27 km que se tenían que recorrer desde el puerto hasta el sitio cruzado. Es cierto que la población local se ofreció a llevarles grano, pero a un precio elevadísimo. Pocos meses después del sitio, el ejército ya estaba hambriento. 

A ello se sumó el ejército, y la reacción de los líderes turcos. La primera fuerza de socorro turca fue derrotada de forma inesperada. La noticia de una segunda fuerza de socorro se propagó entre los cruzados. En enero el consejero bizantino Taticio decidió abandonar el campamento bajo el pretexto de que iba en busca de ayuda con el emperador. No se le volvió a ver.

En febrero de 1098, los cruzaron lograron tener una emboscada a la segunda fuerza de socorro y se hicieron de un botín y provisiones. En marzo llegó una flota genovesa con provisiones. Por fin, los cruzados tenían lo necesario para cerrar el cerco de Antioquía, aunque los musulmanes siguieron resistiendo aproximadamente tres meses más. 

La entrada de los cruzados a la ciudad se dio gracias a la traición. Un armero de nombre Firuz, permitió que los enemigos entraran sin ser molestados. El ejército cruzado asaltó la ciudad en las primeras horas del alba del 2 o 3 de junio. Los musulmanes fueron pasados a cuchillo, pero los cruzados no pudieron evitar que gran parte de ellos encontrara refugio en el alcazaba. También el gobernador logró escapar, pero no por mucho tiempo ya que fue reconocido y decapitado. 



Los musulmanes contraatacaron, desde Mosul, Kerboga comandaba una fuerza de aproximadamente 40 mil soldados, en su mayoría caballería. Tras tomar los puertos y acabar con algunas fuerzas cruzadas extramuros, el 7 de junio se puso sitio a la ahora cristiana Antioquía. Los sitiadores pasaban a ser los sitiados, pero con condiciones peores. Estaban lejos de sus bases, con provisiones escasas, y sus fuerzas habían sufrido bajas considerables durante los ocho meses de sitio, y además tenían que enfrentarse contra los defensores musulmanes que se habían refugiado en la alcazaba. Las fuerzas cristianas no superarían los 20 mil combatientes. El pesimismo se apoderó de gran parte de los cruzados. 

LA BATALLA FINAL 

En este clima de desesperanza y tensión, el espíritu que había animado originalmente a muchos de los cruzados renació. Un hombre pobre, llamado Pedro Bartolomé, aseguró que había encontrado la Santa Lanza. Los ánimos se encendieron, y creyeron que la batalla no podía ser perdida. Por su parte las fuentes árabes no dudaron en calificar el hallazgo como la artimaña de un loco. 



Finalmente el 28 de junio, los cruzados decidieron plantar batalla fuera de la ciudad. Se presentaron como a una procesión. Fueron saliendo de Antioquía y formaron seis grandes líneas entre las que iban los sacerdotes vestidos de blanco cantando y rezando, mientras que otros sacerdotes y mujeres subían a las murallas para unirse a las plegarias. Kerboga, que tenía sus tropas dispersas, decidió esperar a que salieran todos los cruzados. Los musulmanes fieles a sus tácticas realizaron rápidos ataques para disparar desde sus monturas, pero los cristianos se mantuvieron firmes y cargaron en contra de Kerboga, quien no había previsto aquella táctica ni el número final de los cruzados. Ante ello las tropas que ciertamente no le debían obediencia se retiraron sin apenas combatir, y los que resistieron fueron aplastados por los cristianos. Por su parte, al ver la victoria las defensas del alcazaba depusieron las armas. Con esta espectacular victoria, Antioquía permaneció cristiana. No obstante el pacto con los bizantinos estaba gravemente desgastado...

FUENTE DEL TEXTO: DESPERTA FERRO ANTIGUA Y MEDIEVAL. NO.20 (¡DIOS LO QUIERE! LA PRIMERA CRUZADA) 

ARTÍCULO: EL SITIO DE ANTIOQUÍA. POR JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ